Mostrando entradas con la etiqueta crimen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crimen. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de mayo de 2021

Arthur Conan Doyle, de las páginas de Sherlock Holmes a resolver un crimen real


 

Si hay algo en lo que todos estaremos de acuerdo es que Sherlock Holmes es el detective más famoso y resolutivo de todos los tiempos. Cierto es que el relato de este personaje ficticio difícilmente se podría equiparar a la vida real, pero el caso que hoy conocerás no dista mucho de los casos que investigaba.

Un asesinato, un sospechoso y un veredicto. A simple vista, son los elementos clave para que tengamos un juicio justo. Sin embargo, no es lo que le sucedería a Oscar Slater, un hombre que fue señalado y condenado por la justicia en un proceso opaco y falto de pruebas sustanciales.


Quién fue Oscar Slater

Oscar Slater, cuyo nombre real era Oskar Josef Leschziner, era alemán de nacimiento y de origen judío. Como podemos imaginar, a comienzos del siglo XX ser judío no era precisamente un camino de rosas, ya que los nacionalismos y el antisemitismo se acrecentaban con cada año que pasaba.

Slater nació en 1872 en Opole, Alta Silesia (Alemania), aunque no tardaría mucho en mudarse a Londres, ya que corría el año 1893 y se asegura que los motivos que lo empujaron al cambio de residencia y país fueron ni más ni menos que esquivar el ingreso en el servicio militar.

Sea como fuere, nuestro protagonista no era precisamente una de esas personas que conviene tener cerca, ya que la mayoría de versiones coinciden en su actividad como corredor de apuestas, ilegal por aquellos tiempos. El propio Doyle lo calificó como “Un hombre de mala reputación”.

Incluso empleó diferentes alias, como Anderson, para ocultar su verdadero nombre y aparentar diferentes roles en la sociedad del momento. En 1899 se mudó a Edimburgo, mientras que en 1901 terminó fijando su residencia en Glasgow.


Un dandy bien vestido que aseguraba ser dentista y vendedor de piedras preciosas

Nuestro protagonista ofrecía un aspecto impoluto aunque la realidad de sus acciones y fechorías lo llevarían ante la justicia en más de una ocasión. Aunque terminaría siendo absuelto.

A comienzos del siglo XX, Slater todavía respondía al alias de Anderson, aunque no tardaría en cambiarse oficialmente por Oscar Slater tras haber decidido cambiar su fortuna cruzando el charco y hacer vida en Nueva York.

Sin embargo, su estancia en el país de las oportunidades sería breve, apenas transcurridos unos días desde su llegada, recibió noticias que le señalaban directamente como el culpable de un asesinato cometido en Glasgow.

Y es precisamente aquí donde empieza el calvario de un hombre que, a pesar de no contar con una trayectoria envidiable ni mucho menos honrada, se convertiría en uno de los cabeza de turcos más famosos de la época.


Marion Gilchrist, la adinerada solterona octogenaria

A finales de 1908, Marion Gilchrist fue brutalmente asesinada en su casa y, a pesar de que entre sus posesiones se hallaban intactas sus joyas, valoradas en más de 300.000 euros actuales, apenas se echaba en falta un pequeño broche de diamantes.

La anciana vivía con su empleada del hogar, Helen Lambie, la cual salió de la vivienda durante 10 minutos para ir a comprar el periódico de la tarde. Momento que aprovechó el asesino para acceder a la vivienda y perpetrar el crimen.

Arthur Adams, que era el vecino de la planta inferior, fue alertado de golpes bruscos en casa de su vecina lo que le motivó a subir para comprobar que todo estaba en orden. Tras varios intentos por recibir alguna respuesta del interior, Lambie llegaba también de nuevo con el diario en la mano.

La sorpresa de ambos fue que al abrir la puerta de la casa salió tranquilamente un hombre bien vestido sin mediar palabra. Suceso que, por extraño que pareciera, dedujeron que se trataba de una visita de cortesía a Gilchrist.




Un brutal asesinato perpetrado de forma rápida aunque poco silenciosa

Tras haber comprobado la cocina y la habitación principal, Lambie alertó a Adams para que acudiera rápidamente al salón, donde se encontraba Gilchrist tendida en el suelo y cubierta con una alfombra.

El rostro de la mujer estaba completamente destrozado por los brutales golpes que había recibido y, aunque todavía mantenía un hilo de vida, la mujer terminó por fallecer minutos después sin poder articular palabra.

La escena del crimen mostraba un interés desmedido del asesino por rebuscar entre los papeles personales de Gilchrist, así se demostró al comprobar que una caja con documentos en la habitación de invitados había sido forzada.

Slater por aquél entonces vivía relativamente cerca de Gilchrist, mientras que su condición de extranjero y un par de detalles que vas a conocer líneas más abajo, lo convirtieron directamente en el sospechoso principal.


¿Quién sería el asesino de semejante atrocidad? Las miradas comenzaron a apuntar al rastro del broche

Y es que, las casualidades de la vida habían provocado que Slater hubiera emprendido rumbo a Nueva York apenas 5 días después de haberse cometido el asesinato.

Mientras que por otra parte, se había identificado a un hombre llamado “Anderson” que intentó vender un recibo de empeño de un broche.

Con estos dos datos las probabilidades de haber cometido semejante barbarie podrían ser merecedoras de sospechar de Slater, un extranjero de dudosa reputación que vivía en la zona.

Pero lo cierto es que ni el broche empeñado se parecía al robado ni la propia policía quiso reflejar en sus informes que dicho empeño había sido realizado varios días antes del asesinato y que éste era suyo.


Inconsistencias en las teorías de la policía y un juicio plagado de dudas

Lo cierto es que las autoridades lo sorprendieron nada más desembarcar en Nueva York dada su identidad falsa, pero su intención de lavar su nombre y aclarar la confusión nada más ser conocedor de la noticia provocaron que fuera detenido y llevado a juicio.

A pesar de que numerosos testigos aseguraron ubicar a Slater en otro lugar el día del asesinato en incluso que el broche empeñado no correspondía con el robado, nuestro protagonista terminaría siendo condenado a la pena de muerte por asesinato el 27 de mayo de 1907.

Otros contactos incluso aseguraron que Slater les había comunicado su intención de marcharse a Nueva York mucho antes de hacerlo, pero estos argumentos tampoco sirvieron para que esta vez esquivara un veredicto que le cambiaría la vida para siempre.

En aquellos años, la llamada antropología criminal, tenía más peso incluso que los testimonios arriba reflejados. Unos ojos furtivos o una peculiar forma de la nariz eran motivos más que suficientes como para verificar que esa persona era capaz de haber cometido un delito de tal calibre.


Fue tan sonada la injusticia que una parte de la sociedad logró llamar la atención del juez

Aunque la policía y el propio juez estaban convencidos de su participación en el crimen, una parte de la sociedad clamó contra la resolución, tildada de injusta.

Su abogado, Ewing Speirs, logró reunir más de 20.000 firmas para esquivar la pena de muerte y conmutarla con la cadena perpetua ante la falta de pruebas claras y concisas.

Y así fue, a falta de 2 días para terminar con su vida, la pena fue revisada y modificada. Su destino sería vivir el resto de su vida entre rejas realizando trabajos forzados.

La repercusión del juicio y el propio asesinato removió a la sociedad, por lo que no fueron pocas las figuras importantes que decidieron interesarse por el caso de Slater, entre los que estaría Arthur Conan Doyle.

 

El famoso “Método Holmes” fue aplicado para ayudar a resolver el caso

Doyle, ya se había interesado por los extraños sucesos y conjeturas que todavía sostenían el veredicto de cadena perpetua, pero no fue hasta 1912 cuando decidió emplear sus técnicas y conocimientos para enfrentarse a todos y cada uno de los motivos que seguían manteniendo a Slater en la penitenciaria de Peterhead, conocida por su dureza como el “Gulag de Escocia”.

Siguió sus pasos, indagó en el pasado de Oscar y desmontó todas las teorías que lo convertían en culpable. Desde la razón que lo empujó a irse a Nueva York hasta el martillo que asociaban a Slater con el que supuestamente se había cometido el crimen.

Y es que, ni el martillo era lo suficientemente grande como para destrozar a la pobre viuda, ni el la marcha a Nueva York era para huir de la policía bajo un nombre falso, sino que Slater lo hizo para escapar con su amante.

Además, Doyle también destacó la voluntad de volver a Escocia del acusado nada más conocer su señalamiento, razón de peso para dudar de su culpabilidad.

La víctima no presentaba signos de forcejeo, por lo que se intuía que el asesino real conocía a la señora Gilchrist. Eso por no recordar que el broche robado no era el mismo que el que pretendía vender Slater.

Sin embargo, ninguno de estos razonamientos y procesos que Doyle llevó a cabo fueron escuchados por la justicia. Incluso publicó toda la información asegurando que se trataba de un error total.


Años de trabajos forzados y diversos intentos para reabrir el caso

No solo fue Sir Arthur Conan Doyle el abanderado de la causa, otros personajes como el policía y detective Thomson Trench también se preocupó por tratar de esclarecer toda la información que, parece ser, nadie quería escuchar.

Trench terminaría siendo destituido y expulsado de la propia policía tras asegurar que sus propios compañeros habían cometido irregularidades, así como de ocultar pruebas que hubieran salvado a Slater.

Lo triste para este detective fue que, aun estando expulsado del cuerpo, fallecería antes de poder ver que su contribución al caso terminaría arrojando resultados. Pues Oscar Slater seguiría preso durante varios años más.

Todas estas pruebas nuevas, argumentos demoledores y personajes relevantes no hicieron más que mover a la sociedad para suplicar el perdón de Slater, cosa que no sucedería ni aun aportando Doyle que el verdadero arma homicida fue una silla ensangrentada que el mismo médico forense recalcó durante la investigación.


Helen Lambie, señaló a otro culpable antes de Slater

En 1914 se retomó el interés por el caso, ya que se encontraron nuevas pruebas y testigos que asegurarían que el condenado no se encontraba aquel día en la escena del crimen.

Además, la trabajadora de la señora Gilchrist, Helen Lambie, afirmó haber señalado a otro culpable antes que poner todas las miradas en Oscar Slater. No obstante y, sin sentido alguno, la policía también obvió este detalle en la investigación inicial.

Trench ya había dejado caer la posibilidad de que el verdadero culpable fuera uno de los familiares de la señora Gilchrist, su sobrino. Sin embargo, la policía siguió acordando que esta información no tenía validez. A su muerte, la viuda de Trench le hizo llegar a Doyle el informe inicial donde se reunía toda la investigación del detective.


1925, un mensaje oculto en una dentadura para Conan Doyle

En 1925 fue liberado un preso que tenía relación directa con Oscar Slater, que seguía realizando trabajos forzados en Peterhead.

Dentro de su dentadura postiza había un pequeño mensaje oculto en el que la desesperación de Slater por recibir la ayuda de Doyle terminaría siendo el punto de inflexión que le daría esperanza.

Este mensaje secreto, junto con el informe enviado a Doyle por parte de la viuda de Trench en 1919, hicieron que Doyle se rearmase de pruebas e interés por conseguir resolver el caso y sacar a un pobre inocente que llevaba lustros encerrado.

Doyle asumió el caso. Utilizó su propio dinero e influencia para retomar el contacto con políticos y demás cargos que le permitieran reabrir la causa.

El 8 de noviembre de 1927, se conseguía demostrar que fue la propia fiscalía quién había ordenado a la policía señalar a Slater, obviando pruebas y escondiendo toda duda que señalase a cualquier otro individuo.

"Oscar Slater ha completado más de 18 años y medio de su cadena perpetua, y me siento justificado al decidir autorizar su liberación en licencia tan pronto como sea posible hacer los arreglos adecuados".

Estas fueron las declaraciones del Secretario de Estado de Escocia, suficientes como para permitir que Slater recuperase su libertad tras casi 20 años pagando por un crimen que no había cometido.

Oscar Slater fue compensado con 7.000 dólares que, a día de hoy, serían aproximadamente 100.000. Sin la ayuda de Doyle, Slater no habría conseguido lo que le correspondía por derecho; un juicio justo y su absolución.


El asesino nunca fue encontrado y la relación Slater-Doyle no terminó bien

Por si fuera poco, el broche final de esta historia lo centraremos en la relación que mantuvieron nada más salir Slater y Conan Doyle, la cual no llegó a buen puerto ya que el autor de Sherlock Holmes pretendía cobrarle los servicios prestados al recientemente liberado.

Slater aseguró que no pagaría nada porque había sido condenado injustamente por un crimen que no había cometido. Este acto hizo que Doyle afirmara que era un hombre “poco honorable”.

El culpable nunca fue descubierto, aunque dada la información y turbiedad del caso, es probable que fuera el sobrino. Aunque nunca se retomó la investigación.

 *******************

¿Te interesan las curiosidades históricas? 
No te puedes perder...
👇
25 Cosas que no sabías de la historia
Mitos, personajes, inventos y otros datos curiosos.


Disponible en papel: 


Y en versión Kindle en:


-----------------------------------------------------------


https://historia.nationalgeographic.com.es/a/crimen-resuelto-por-arthur-conan-doyle_16116

https://www.bbc.com/mundo/noticias-44792281

https://en.wikipedia.org/wiki/Oscar_Slater

 

 


sábado, 15 de agosto de 2015

El asunto Lefevre: La misteriosa muerte del inglés



Hoy quiero escribir sobre una historia poco o nada conocida. Se trata de un asunto sin relevancia en la Historia, pero que en su momento hizo correr ríos de tinta. Muchos fueron los periódicos que se hicieron eco de este suceso, y que siguieron muy de cerca los avances o noticias que de este surgían.

Se trata de la misteriosa muerte de un súbdito inglés, llamado Evans Lefevre, que en 1922 residía en Madrid, donde murió en extrañas circunstancias. En esta historia, digna de ser transmitida a través de una novela, convergen varios elementos que la dotan de misterio: una hermosa princesa, un oportuno seguro de vida, espías y un posible crimen.


La princesa

¿Janina Choukoufka? o ¿Nadia Winchar? No se ponen de acuerdo las fuentes en el verdadero nombre de la princesa. Parece ser que en algunos círculos se hacía llamar Janina y en otros Nadia. Este dato aporta algo más de misterio e intriga a nuestra historia.

Llegó por primera vez a Madrid antes de la primera Guerra Mundial. Era una hermosa y elegante mujer rubia que se instaló en el emblemático y lujoso Hotel Ritz. Durante sus primeros días en Madrid llamó mucho la atención. Vivía lujosamente y rápidamente se dio a conocer en Madrid entre las personas de la más alta sociedad y los personajes más importantes.

Fue motivo de muchas conversaciones, algunas de ellas provocadas por el aura de misterio que envolvía a la princesa. Se desconocía su pasado. Tan solo era sabido que estaba casada con un multimillonario judío, con el que contrajo matrimonio cuando ella tenía dieciocho años y él ochenta. Todo el mundo la conocía en Madrid por el supuesto nombre de Janine Choukoufka, esposa de Wiszniewska y princesa polaca.

La princesa dio en el Ritz algunas fiestas por todo lo alto e invitó a comer a muchas personas significativas del momento. Por su mesa desfilaron altos personajes de nuestra política, artistas, banqueros, aristócratas… En diferentes ocasiones fueron invitados, por la princesa polaca, personalidades tan importantes como el conde de Romanones, el marqués de Alhucemas y don Amalio Gimeno.

El don de gentes, la suprema distinción y el refinamiento de la Princesa Janine (o Nadia) cautivaron a cuantos la trataron, pero un día la princesa desapareció y no se supo nada más de ella en Madrid. 

Pasaron los días y la gente se preguntaba:

- ¿Qué habrá sido de la princesa Janine?


Vuelve la princesa

Un día, a finales de 1921, vuelve a aparecer en Madrid la princesa polaca, la hermosa dama rubia, que por aquel entonces se instala en la Avenida de la Plaza de Toros, en la casa número 2, que hacía esquina a la calle de Alcalá, edificio de nueva construcción y cuyos alquileres corresponden a los que puede pagar la clase media acomodada, puesto que oscilaban entre 200 y 300 pesetas de aquella época. No vivió, en este segundo periodo, con gran ostentación. Esta vez llegó sola, viuda y sin dinero. ¿Qué les había sucedido a su marido y a su fortuna?

En este periodo de su vida ya no despertó gran curiosidad. Al menos hasta el suceso que nos atañe.


Evans Lefevre

La víctima. Vivía en la calle de Alcalá núm. 121 (Madrid), en una casa de huéspedes. Tenía treinta y cinco años cuando murió. En Londres trabajaba como radiotelegrafista. Su padre era un millonario canadiense que residía en su país natal. Como es frecuente en las familias extranjeras, el joven Evans recorría Europa con la intención de conocer a sus gentes y su cultura. Decidió emprender esta aventura por su cuenta, buscándose la vida y sin mayor apoyo económico de su familia que el estrictamente necesario. Durante su estancia en España, Evans fue originando importantes deudas. Uno de sus acreedores era la princesa polaca, Janine.


El seguro de vida

Uno de los elementos claves en toda esta historia.

Evans figuraba como titular de un seguro de vida a favor de la princesa polaca, en una sociedad de seguros de Madrid: La Unión y El Fénix Español.

El seguro consistía en el derecho de la princesa polaca al cobro de una prima, de 50.000 pesetas, a la muerte del joven Evans Lefevre.

La propia princesa fue quien comenzó las diligencias para contratar el seguro de vida. Ella intentó hacerlo solo por tres meses pero le fue denegada la propuesta.

Pero, paremos un poco a pensar. Esto cada vez pinta peor. ¿Una acreedora realiza un seguro de vida a su deudor? ¿Un seguro en el que ella aparece como beneficiaria? Y todo eso, ¿poco antes de que el susodicho deudor fallezca en extrañas circunstancias?

El caso es que Lefevre pagó el primer trimestre pero se negó a pagar el siguiente. La princesa se hizo cargo de ese pago, por lo que queda de manifiesto el interés de esta porque no caducara la póliza. Días después murió Evans Lefevre.


La muerte del inglés

A principios de mayo de 1922, la princesa polaca se presentó en un Sanatorio inmediato a la calle de Diego de León (Sanatorio del Rosario), solicitando la asistencia de un enfermero para asistir a una persona que estaba postrada en la cama.

No se le pudo facilitar el enfermero, pero se prestó a asistir al paciente un estudiante interno de Medicina que prestaba sus servicios en el Sanatorio.

- ¿Qué tiene el enfermo? – Preguntó el estudiante.
- El tétanos – Afirmó ella con toda seguridad.

(La muerte por tétanos es horrible, y seguramente es de los casos de muerte más espantosos que registra la medicina, y desde luego, sus síntomas, con grandes contracturas, son inconfundibles).

Llegó el estudiante a la calle de Alcalá y vio al huésped de la casa número 121, Evans Lefevre. El inglés aseguraba que se moría, quejándose de violentos dolores en el vientre.

Aquella misma noche murió Mr. Evans Lefevre. El alumno salió a dar la noticia a la señora y a un médico que acompañaba a esta en aquel momento. Los dos abandonaron la casa y el alumno se quedó solo con el cadáver hasta las cuatro de la mañana, hora en la que volvió el médico diciendo que él había certificado la muerte del enfermo y que todo estaba arreglado para el entierro, que se celebraría a las 8:00, cosa que en efecto sucedió.

El alumno, durante todo el tiempo que permaneció solo en la casa, examinó escrupulosamente el cadáver y no encontró ninguna herida por donde hubiera podido penetrar la infección tetánica. Además, el enfermo no había mostrado contracturas, se encontraba muy dolorido pero lúcido y desde luego no padecía el tétanos. ¿De qué había muerto entonces aquel pobre hombre?


La denuncia y la actitud de la princesa

El alumno, en vista de lo ocurrido, presentó una denuncia sobre sus sospechas de que la muerte no había sido natural y temiendo que pudiera tratarse de un crimen. Así, puso el asunto en conocimiento del director general de Seguridad. El señor Millán de Priego, a su vez, comunicó estas noticias a la Embajada inglesa, donde Evans Lefevre prestaba sus servicios. La Embajada, ayudada por la Policía española, practicó ciertas averiguaciones, que dieron por resultado la acentuación de las sospechas de que pudiera tratarse de un crimen.

Se ordenó la exhumación del cadáver y que se recogieran sus vísceras, para comprobar si se trataba de un envenenamiento o si realmente la causa de la muerte no había sido otra que el tétanos.

La princesa polaca, consternada, manifestó deseos de que se aclarase todo lo ocurrido, pagó los gastos del entierro y se ofreció a abonar los costes de la autopsia.


Interviene la Embajada

En aquel momento interviene la Embajada de Inglaterra. La policía interrogó a la princesa y esta quedó detenida.

En el Juzgado, la princesa citó nombres de personas conocidas, habló de varias personas y se amparó en su abogado, hijo de un conocido aristócrata, a quien acudió cierta vez para que la amparase en la defensa de ciertos intereses relacionados con la explotación de unas minas de petróleo en México. Utilizó toda su influencia para librarse de aquello (cuando llegó por primera vez a Madrid, trajo consigo una recomendación del que fue presidente de la República francesa, muerto casualmente en aquellas mismas fechas, M. Paul Deschanel).

Entonces fue puesta en libertad.


La princesa espía

Según la embajada inglesa, la princesa estuvo procesada en Alemania por espionaje, siendo condenada a muerte. Consiguió fugarse tras utilizar sus encantos para seducir a uno de sus guardianes. Huyó a Italia, donde también fue acusada de espionaje, pero fue salvada por el conde de Colobra, con el que había establecido una gran amistad. La esposa del conde denunció a la princesa y esta fue reclamada. Sometieron a la princesa a un proceso que fue sobreseído por falta de pruebas. Fue entonces cuando volvió a Madrid.

También se sabe que la princesa es muy entendida en Medicina. La noche de la muerte de Evans estuvo en una farmacia próxima en busca de cocaína y morfina, que no le despacharon. Momentos más tarde volvió con una receta y se llevó la medicina.




Exhumación del cadáver, pruebas toxicológicas y resultados

El 7 de junio de 1922 se dio paso a la exhumación del cadáver de Evans Lefevre. La princesa estuvo presente.

Los resultados fueron decepcionantes para algunos. Los médicos forenses y el director de laboratorio dictaminaron que no existía rastro alguno de veneno. No obstante, por los análisis también se pudo comprobar que no había germen de tétano en las vísceras de Evans Lefevre.

El informe que recibió de los técnicos el Juzgado especial, que atendía el caso, decía que Lefevre no murió envenenado, ni de tétano, sino que su muerte debió ser causada por un ataque de apendicitis. ¿”Debió ser”? No suena muy concluyente ¿verdad?

Pues así es como finalizó tan misterioso asunto. La princesa renunció a las 50.000 pesetas, dado el revuelo que se había formado con todo aquel asunto. Meses más tarde se trasladó a Chile en un barco italiano, rodeada de todo tipo de lujos y portando valiosas joyas. Algo llamativo, teniendo en cuenta la vida humilde que se había visto forzada a llevar hasta aquel momento.

Como aporte extra a todo este enigma, cabe decir que el inglés acababa de recibir, antes de enfermar, 4.000 pesetas de su familia. No se encontró el dinero tras su muerte.


Fuentes:

· El Progreso, diario liberal Año XV Número 4464 - 1922 junio 21

· Diario de Almería, periódico independiente de la mañana Epoca segunda Año IX Número 3010 - 1922 junio 22

· La Libertad Año IV Número 788 - 1922 junio 11

· La Correspondencia de España, diario universal de noticias Año LXXV Número 23313 - 1922 junio 14

· La Correspondencia de España, diario universal de noticias Año LXXV Número 23307 - 1922 junio 7

· La Correspondencia de España, diario universal de noticias Año LXXV Número 23298 - 1922 mayo 27

· La Correspondencia de España , diario universal de noticias Año LXXV Número 23297 - 1922 mayo 26

· La Correspondencia de España  diario universal de noticias Año LXXV Número 23299 - 1922 mayo 29

· El Debate Año XII Número 4014 - 1922 mayo 29

· Correo de la mañana Año IX Número 2614 - 1922 mayo 28



domingo, 8 de marzo de 2015

La verdadera historia del Hombre del Saco



¿Te has portado bien? Más te vale, si no quieres que venga a buscarte el Hombre del Saco. Con ese tipo de siniestras advertencias se intenta conseguir, desde hace generaciones, que los niños se porten bien, o que no anden solos por las calles. El Hombre del Saco (hombre de la bolsa, viejo del saco…según el país) es un personaje folclórico, que busca a los niños malos o extraviados para llevárselos en su saco.

Como todas las leyendas, esta varía en algunos matices dependiendo del lugar. En lo que sí coinciden es en que se lleva a los niños en su saco y, según la mayoría de versiones, los necesita para extraerles las mantecas. Este hecho hace que se fusione su figura, en ocasiones, con la del también conocido Sacamantecas.

Hace tiempo, se creía en la absurda idea de que las mantecas obtenidas de los niños podían sanar enfermedades como la tuberculosis. Esa creencia era defendida y difundida por curanderos. Es el caso del Crimen de Gádor. Muchos han querido ver el origen del Hombre del Saco en aquel macabro suceso, y motivos no faltan para ello.

El crimen de Gádor

En un municipio de Almería, Gádor, tuvo lugar un acto tan atroz, que tan solo voy a describir lo esencial para comprender la magnitud de la barbarie. De todos modos, no es una historia apta para mentes sensibles ni, por su puesto, para menores.

Nos encontramos en un pueblo andaluz, en verano de 1910. Francisco Ortega, el “Moruno”, sufría una fuerte enfermedad en el pecho, posiblemente tuberculosis. Una vecina suya, llamada Agustina, sabía de un remedio para curar ese tipo de dolencias. Ella era habitual del curandero del pueblo, Francisco Leona, un tipo con antecedentes que aplicaba los estrafalarios remedios típicos de su “profesión”. Parece ser que acordaron que la mejor cura, para la afección del “Moruno”, era beberse un vaso lleno de sangre de niño, y posteriormente aplicarse unas compresas con manteca del  niño en el pecho.

Agustina se prestó voluntaria a solucionar el asunto, junto a sus dos hijos y el curandero, por un módico precio. El “Moruno” debería pagar un total de 3.000 de los antiguos reales, a cambio de que le proporcionaran lo que precisaba para paliar su enfermedad.

El curandero Leona quedó con uno de los hijos de Agustina, Julio, en la desembocadura del barranco de Jalvo, confluencia del río Andarax, el día 28 de junio de 1910. Escogieron aquel lugar por haber allí una frondosa higuera, a la cual los niños acudían en busca de brevas en la víspera de San Pedro.

Tal como habían previsto, no tardaron en aparecer junto al río tres niños. Julio y Leona salieron de detrás del matorral donde estaban ocultos, y llamaron a uno de ellos para que se acercara. Los otros dos siguieron su camino, desentendiéndose del tema. Le ofrecieron a Bernardito (que así es como se llamaba la víctima) ir a comer brevas y albaricoques con ellos. El chiquillo aceptó la propuesta tras vacilar un momento.

Al llegar a la carretera, el niño, oliéndose que algo raro sucedía, dijo haber cambiado de idea y no querer ir con ellos a comer brevas ni albaricoques. Leona le asestó un golpe y acto seguido le metió en un saco que llevaba para la ocasión. Se lo puso a Julio en la espalda para que cargara con él y partieron hacia el cortijo donde esperaba Agustina. Al cabo de un rato Julio se negó a seguir cargando con el saco, pero Leona, agarrando una piedra, le amenazó con matarle allí mismo si no continuaba.


Cuando llegaron al cortijo, la madre de Julio le ordenó llamar al “Moruno” para avisarle de que todo estaba listo, tal cual lo planeado. Esperaron a que llegara José de trabajar, el hermano de Julio y, una vez estuvieron todos, comenzó la grotesca escena. Agustina levantó la camisa del niño y sujetó un vaso para recoger la sangre del niño, que brotaba de una de sus axilas, donde Leona le había asestado un pinchazo. El “Moruno” esperaba sentado en una silla, contemplando la imagen como si nada pasara, con espantosa calma. Cuando el vaso estuvo lleno, Agustina le añadió un poco de azúcar y se lo entregó al enfermo, que tras bebérselo todo de un trago exclamó: “Antes es mi vida que Dios”. Se marchó a su casa a esperar que le trajeran las mantecas para aplicárselas en el pecho.

Agustina, sus dos hijos y el curandero volvieron a meter al niño, aún con vida, en el saco. Lo llevaron a un barranco donde acabaron con su triste existencia arrojándole piedras. Al comprobar que estaba muerto, se pusieron a la inimaginable tarea de extraerle las mantecas para llevárselas al “Moruno”. Y allí dejaron el cadáver del desgraciado niño, oculto bajo una gran piedra.

Al día siguiente, Julio acudió al Juzgado, seguramente por no haber cobrado su parte del pago. Aseguró que se había encontrado el cadáver cuando había salido a cazar. Cuando la Guardia Civil investigó los hechos, todo el pueblo incriminó a Leona, sabedores de sus prácticas y sus antecedentes.

Tras las oportunas investigaciones y el juicio, Leona fue condenado al garrote vil, aunque murió en prisión. Agustina y el “Moruno” fueron ejecutados. José, hijo de Agustina, fue condenado a 17 años de prisión y a su hermano Julio, al que llamaban el Tonto, le concedieron el indulto por ser considerado demente.

Fuentes:

· La Correspondencia de España: Diario universal de noticias Año LXII Número 19648 - 1911 noviembre 28

· La tarde: Diario independiente, de noticias y avisos Año VIII Número 2381 - 1910 septiembre 17